Hoy voy a transcribir una nota del periodista
Eduardo Fabregat, de su blog eduardofabregat.blogspot.com, lo hago para a continuación rebatir con argumentos sus dichos.
"PAPELITOS Y RATAS"Las ratas que estafan y zafan son muchas.
Y son las que bendicen sus miserias al final". ("Morir", Ca$hejeros, 2003)
Qué insulto a más de cuatro décadas de rock argentino, qué zapateo irrespetuoso sobre las tumbas de Luca, de Miguel, de Federico, de Pappo Napolitano. Cuánta desidia, cuánta soberbia, cuánta traición. Olvidemos por un rato –si es posible– las instancias judiciales, el desfile de testigos, el dolor cayendo gota a gota durante casi cinco años transcurridos, durante un año de proceso. Vayamos al otro hueso, vayamos a la cuestión que atormenta a los que saben cuánto costó salir adelante en nuestro Vietnam, hecho de saliva y sangre. Quienes aman el rock argentino hecho con pasión, con talento, con dignidad y honestidad, contra viento y marea, con las mejores intenciones, esta semana se han tragado uno de los batracios más intolerables de la historia que arrancaron Moris, Nebbia, Almendra, Manal y otros que no medían bengalas ni banderas, sino acordes y armonías vocales, poéticas sensibles y fuegos creativos.
(Para el desprevenido que aún no se haya percatado, una advertencia: esta columna es hija de la indignación. Si usted anda buscando moderaciones, si cree que los músicos de Ca$hejeros son realmente inocentes, vaya dando vuelta la página. Este periodista, que desde el día de la tragedia viene publicando argumentaciones basadas en su conocimiento y el de sus fuentes, que ha tratado de razonar en público y poner todas las cartas sobre la mesa, anda con los cables pelados, le saltó la térmica. La cara de piedra de Fontanet ya es una afrenta que no puede tolerar.)
Lo dictaminó el Tribunal Oral 24: la obediencia debida llegó al rock. Diego Argañaraz se convirtió en Jorge Rafael Videla, y Patricio Fontanet, Eduardo Vázquez, Maximiliano Djerfy, Juan Carbone, Cristian Torrejón y Elio Delgado pasaron a ser los simples miliquitos que sólo cumplían órdenes, no sabían nada, no escuchaban nada, no decían nada, sólo se subían a tocar, son tan víctimas como los padres devastados por la muerte que recibieron en la cabeza una celebratoria lluvia de papelitos –cortesía de Los Invisibles, El Fondo No Fisura, La Familia Piojosa–, y el dedo medio de la señora Susana cagándose en ellos y en su dolor, gozando la revancha.
Dan asco.
La estrategia dio excelentes resultados: el Pato criollo y sus compañeros se dieron cuenta rápidamente de que había que abrirse del manager, largarlo duro, hacerse los boludos y mirar para el costado mientras engrampaban al amigo por las decisiones que tomaron todos, por las irresponsabilidades que cometieron todos, por la contribución colectiva a casi doscientas muertes. El que avisa no es traidor, podrá decirse: el día en que se separaron las representaciones, cuando los músicos contrataron a su abogado y dejaron que Argañaraz se arreglara con el suyo, la suerte del manager quedó sellada. Lo dejaron solo. Está claro que a nadie le gusta ir en cana, pero la actitud dice unas cuantas cosas sobre la catadura moral de los reyes del aguante. El aguante se termina donde empieza el cagazo. Se viene a descubrir que el código de la calle incluye la cobardía.
El fallo no hizo más que confirmar todo lo que Página/12 viene denunciando desde el 2 de enero de 2005. Nada de lo que se escribió aquí es mentira. Pero los papeles hacen que sólo uno de los integrantes del grupo pague los platos rotos.
Afuera los pibes festejaban. En los foros donde campea el sentimiento de Copa Intercontinental ganada sobre la hora, se justifican diciendo que si hubiera sido al revés las imágenes de festejo habrían sido de los familiares de víctimas. La excusa, tan endeble como la de “eeeh, loco, bengalas prendían todos”, se desmorona con una simple observación del momento de la lectura del fallo: cuando el juez Alveró anunció las condenas a Chabán, Díaz y Argañaraz, los familiares no festejaban. Lloraban. Es lo poco que Cromañón les ha dejado. Los fans pueden ir a Olavarría a disfrutar a Fontanet haciéndose el vivo arriba del escenario. Los padres sólo pueden ir a ver tumbas.
¿Para esto atravesamos cuarentaipico años de luchas, de prejuicios, de persecuciones, de paciente construcción de un movimiento que fuera recordado por su arte? ¿Todo termina en que Chabán es un hijo de puta, y el cana es un coimero y el manager un inescrupuloso y los funcionarios unos corruptos? Mientras Ca$hejeros vende a $47,50 su disco en vivo en Obras 2004 (el de las cien bengalas en una sola noche), mientras recauda 15 mil espectadores en la misma Olavarría donde el intendente Eseverri padre se dio el lujo de prohibir a los Redondos, los músicos que tratan de ganarse la vida en Buenos Aires tienen que lidiar con la misma corrupción de siempre, con bolicheros que, amparándose en ser de los pocos que tienen habilitación, imponen condiciones a las que el término “abusivas” les queda tibio.
¿Esto es lo que nos queda, señor juez? ¿El sardónico triunfo de este sindicato de crápulas?
Ya basta de tibiezas: aun antes del 30 de diciembre de 2004, Ca$hejeros era una banda horrible. Sus discos de tapas impresentables eran una mala copia de un mal MP3 de un menjunje requemado de los Redondos, La Renga y Los Piojos. Su cantante ya era un gordito desafinado que fantaseaba infructuosamente con tener la verba, la pluma y la performance del Indio Solari. Sus guitarristas soñaban con algún día meter una nota, una sola nota, con la sensibilidad y justeza de Skay Beilinson o la garra de Chizzo. Si la prensa intentaba conseguir una nota con ellos era por la curiosidad de que semejante engendro arrastrara un Obras lleno, para tratar de entender cómo era que el público rockero de pronto se estaba conformando con tan poco. Ellos empezaban a disfrutar su status de Susana Giménez del rock, creyendo que negarse a dar notas o sacarse fotos bastaba para apoderarse de la mística de tipos que hicieron cien canciones mil veces mejores. Vendedores de humo, llamaban la atención por su poder pirotécnico antes que por su música.
Eran una banda horrible entonces, lo siguen siendo ahora. Y para completar el menú agregaron a sus cualidades el cinismo de escribir gacetillas en jerga judicial, la agachada de entregar a su manager para salvar el culo, la mariconada de tratar de borrar con el codo todo lo que dijeron e hicieron antes que se les quemara el rancho, literalmente.
La enorme riqueza del rock argentino exige una condena moral. No les hicimos el aguante, el aguante de verdad, a artistas valiosísimos, para que un grupete de mediocres escupa alegremente hacia el cielo, al ojo de creadores mucho más talentosos, y se salga con la suya. En las conversaciones que este cronista tuvo con músicos, managers, productores, no hubo uno solo que estuviera de acuerdo con el fallo. ¿Hay que quedarse con esa bronca contenida? ¿Hay que resignarse, cuando no hubo resignación frente a las razzias, frente al bastardeo del arte de la música, frente a la manipulación, frente a los intentos de prostitución de un género genuino, nacido del riesgo y el desafío artístico y no del oportunismo berreta, de la demagogia musical que engancha rápidamente una multitud?
Pappo los mandaría a laburar.
Miguel les recordaría que ante todo está la vida.
Luca los cagaría bien a trompadas.
Nosotros estamos acá. Conteniendo la náusea ante esta asociación de aficionados, monos con navaja que provocaron un daño irreparable. Preguntándonos una vez más por qué una parte del público, históricamente exigente con los estándares del rock hecho en Argentina, se conforma con una oferta artística tan paupérrima, la celebra, le perdona todo. De las tribunas se puede regresar, tan sólo hace falta ser de masa gris, cantó Spinetta. Es hora de abandonar la tribuna futbolizada, los papelitos, la cosa descerebrada que perdona y festeja la estupidez. Coincidir, sí, en que hay ratas que estafan y zafan. Pero que no sólo están afuera: bien pueden estar royendo por dentro cuatro décadas de arte genuino, hasta dejarlo en la miseria". Eduardo Fabregat. Para empezar debo decir que me parece de cobarde ampararse en la indignación para escribir sobre cualquier tema. Un periodista debería lograr abstraerse, más allá de mostrar su punto de vista, con este criterio detrás de la cobardía, cualquiera puede decir cualquier cosa.
Por otro lado, y yendo de lleno a la nota, es un tanto confuso lo del zapateo sobre las tumbas de leyendas del rock, ¿no queda muy claro quién zapatea o insulta a décadas de rock argentino?
Más allá de eso, es cierto que en otros momentos no se medían bengalas o banderas, pero bien se sabe que desde hace un tiempo a la fecha la tribuna de fútbol copó los recitales de rock y los cánticos, las banderas e incluso las bengalas pasaron a formar parte de lo que llaman "cultura rock" o "folclore del rock". Una entidad estúpida en la que se amparaban y amparan quienes llevan a cabo prácticas como esas durante un show de música. ¿Es que Callejeros (es así como se escribe Eduardo, no Ca$hejeros como usted puso, que supongo puede ser un error de tipeo) creó el famoso "folclore del rock?. No, más bien ellos se crearon allí, abajo, en el público, en esa cultura que por ejemplo en un recital de La Renga en el autódromo, se preocupa más por cuantos eramos, que por un show que repecto al sonido fue una verdadera mierda.
Otra cosa que me sobresalto en seguida de empezar a leer la nota fue su advertencia de: "si cree que los músicos de callejeros son realmente inocentes, vaya dando vuelta la página", me suena por lo menos autoritario, o ¿lo que usted escribe es sólo para que lo sigan lectores complacientes que le digan que tiene razón?. Yo creo que Callejeros es inocente y sin embargo me dio ganas de leer su nota, por más que sea para criticarla. Nota que aprovecho para decir que encontre publicada en
Primicias Ya, una página de espectáculos.
Siguiendo con la lectura volví a sobresaltarme al leer que, conociendo los antecedentes laborales de Eduardo nunca me tope con algo que tenga que ver con el derecho, y aún así critíca la desición de un Tribunal Oral que, tras un año de debate, de cotejar pruebas, no logró obtener elementos suficientes para culpar a la banda, ¿no suena algo soberbio calificar una sentencia sin tener algún fundamento jurídico?
Más allá de este cuestionamiento sin fundamento, Eduardo se despacha sobre la estrategia judicial de la banda. Habiendo asistido a varios shows de la banda, logre juntar de fuentes directas de testimonios acerca de la estrategia de Callejeros. Pero como me parece que ese tipo de fuentes no son fáciles de probar, vale la pena citar la nota del
suplemento SI de Clarín, del viernes 21 de agosto de 2009, el que supo fundamentar que Fontanet pidió a la banda hacerse cargo junto con su manager de lo ocurrido, una de las razones por las que Djerfy se alejó del grupo y propuso su representación letrada y su estrategia. Algo a lo que el Tribunal no dio mayor trascendencia porque no podía probarse. Eduardo en derecho lo que no puede probarse no tiene relevancia. Pero nunca se abieron de gambas respecto de Argañaraz.
Aunque suene raro, coincido en el desatino del gesto de Susana tras la lectura de la sentencia. Y aunque no justifico el festejo de los fans, estuve frente a Tribunales y se que fueron respetuosos con los padres, que entienden su dolor y que les ofrecieron a los familiares ocupar el lugar en la plaza Lavalle, porque sentían que a ellos les pertenecía. Así como tampoco justifico el accionar de los padres que esperaban afuera del Palacio de Justicia.
¿Eduardo no le suena a mucho el "atravesamos cuarentaipico años de lucha"?, más allá de su trayectoria, que no se pone en discusión.
Chabán es un hijo de puta por cerrar las puertas de salidas, los canas son coimeros desde que tengo uso de razón y los managers y funcionarios muchas veces son corruptos. O ¿eso esta en discusión? El disco Eduardo sale $47,50, así como "Señales" salió $60, porque el grupo esta embargado de manera preventiva por el proceso que esta atravesando. Casi un 20% de lo que se recauda va a parar a las arcas del Tribunal para responder por los intereses y costas de dicho proceso.
Entiendo que Callejeros no le guste como banda, no le voy a decir como escribir ni mucho menos, pero me parece que decir que algo es "horrible" debería estar justificado en algo más que el gusto personal. ¿O usted cree que todos piensan como usted? ese es un pensamiento un tanto fascista ¿no cree? Quizás hubiese sido más conveniente decir que a usted la música de Callejeros no le gusta. Lo "horrible" de Callejeros usted lo respalda en su gusto, en su indignación o en lo que dirían leyendas del rock que ya no están, ¿no le parece que esta mal hablar por boca de gente que ya no esta?. Y pensar por ellos, ¿esta bien?
Usted quiere comparar al "gordito desafinado" como llama al Pato con el Indio Solari, nada más lejos ¿Ha escuchado usted las letras del Pato? Crudas, directas y con mucho de realidad. Todo lo contrario a las letras casi filosóficas del Indio, que muchos apreciamos pero pocos entienden. También tiene la delicadeza de decir que los guitarristas de la banda "sueñan con meter una nota con la sensibilidad y justeza de Skay", lógico ¿quién no?. Siempre se tienen modelos en la vida y, creo sin temor a equivocarme por conocer a los violeros de Callejeros que, si le preguntamos si sueñan con tocar como Skay la respuesta sería afirmativa.
Si la banda comenzó a disfrutar de un status de "Susana Giménez del rock" fue porque el periodismo aportó en mucho para eso. Vale la pena aclarar que la banda ganó como revelación del año 2004 en
Day Tripper, de la radio Rock & Pop, la misma que después de Cromañon no pasó nunca más un tema de Callejeros, figiendo una amnesia de todo lo que había sonado antes.
Queda para cerrar aclarar que no es una excusa lo de que las bengalas se prendían en todos los shows, cuando el rock se futbolizó, pasaron a ser algo imprescindible para una gran mayoría que hoy las sigue utilizando en recitales del Indio y que, si se les pregunta a muchos de éstos que forman la "cultura rock" las prenderían aunque los lugares sean cerrados.
No creo que Pappo, Miguel o Luca digan lo que usted dice que dirían. Tampoco descreo de las charlas que tuvo con músicos, managers, productores, que amparados en el corporativismo de la música le cerraron puertas a una banda que el único mal que hizo fue estar en el momento equivocado en el lugar equivocado.